¿Para Qué, Señor? Por Milton Villanueva

Posted on Sunday, December 27, 2009 at 03:40AM by Registered CommenterRev. Milton Villanueva | CommentsPost a Comment

     Los medios de comunicación se preparan para el recuento noticioso del año. Lo hacen porque seguramente han comprobado el interés de la gente en recordar lo que pasó durante los pasados doce meses.  Seguramente habrá recuerdos tristes, alegres y otros que trataremos con indiferencia.  Pero, en el último análisis, “agua pasada no mueve molino”.  Satisfaremos nuestra memoria y curiosidad, y todo seguirá inalterable a nuestro paso.

     Y es que “el qué” y “el por qué” de las cosas no tienen poder mágico sobre la conducta como algunos suponen.  Posiblemente, la cruda realidad devengada de este conocimiento nos haga más daño que bien.  A decir verdad, el cristiano debe estar más interesado en “el para qué” de las cosas.  La razón es simple, Dios está en control de todo lo que pasa en nuestras vidas.  Nada nos sucede por casualidad o accidente, sino por causalidad y propósito. 

     En el último análisis todo lo que nos ocurre sea “bueno” o “malo” es parte del propósito o plan permisivo de Dios”. Y es bueno que entendamos que el plan permisivo de Dios, no deja de ser el plan de Dios.  No el plan B ni el C, por si acaso el primero o el segundo fracasaran.  Él tiene un solo plan que es perfecto, y está obrando en todas las cosas a favor de los que le aman.  El resultado debe ser nuestro crecimiento cada vez más a la imagen de Cristo.  Hacernos semejantes a él en todo, quien es la medida del varón perfecto.

     Tomar tiempo para meditar y reflexionar en las cosas pasadas no está mal, pero no para preguntarnos: ¿Por qué, Señor?  Tal vez la única respuesta que recibamos sea “Nos os toca a vosotros saber los tiempos y las sazones que el Señor puso en su sola potestad.”

     Lo importante, correcto y oportuno antes de que el año salga es preguntarnos:  ¿Para qué, Señor?  Esa actitud demuestra un claro reconocimiento de su Soberanía y Providencia.  Pero, todavía más, un claro sometimiento a la voluntad de Dios, para que Dios cumpla su propósito en nosotros de la manera que él quiera porque él tiene todos los derechos sobre nuestra vida, y además, como Padre el sabe lo que es mejor para nosotros, y no quiere darnos nada que menos que eso. 

     Ahora podríamos decírselo más claro aún: ¿Qué quieres que haga, Señor?, o mejor, ¡Has lo que quieras de mí, Señor!

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.”- Salmo 90:12

¡Chao, Año! ¡Hola, Año!

No puedo creer que el año se fue tan rápido y que venga otro más ligero.  Y estamos temerosos de repetir las misas cosas que dijimos cada añ9o que pasa y de decirnos cada año que comienza.  Para algunos, las promesas y las esperanzas de cambio han perdido encanto; para otros, es una nueva aspiración de cambios que anhelan ver.

Por eso me gusta la sabiduría de Moisés el viejo legislador del desierto.  Tiene tres ideas cautivantes:

Primero:            Enséñanos.  No hay mejor Maestro que Dios ni mejor pedagogo que el Espíritu Santo.  Nosotros somos malos maestros de nosotros mismo y pésimos alumnos de nuestras enseñanzas. ¡Deja que Dios te enseñe a decirle “Chao” al año que se va, y “Hola” al que viene!

Segundo:            De tal modo a contar nuestros días.  No importa cuántos años vivamos, sí importa cómo los vivimos.  La breve vida de una mariposa es más alegre que la larga vida de una serpiente.  Vivamos de tal manera que haya sonrisas al dejar un año y cantos al comenzar el otro.

Tercero:            Que traigamos al corazón sabiduría.  Una versión parafraseada dice: “Ayúdanos a emplearlos como debemos.”  Si vivimos la vida a nuestra manera, es una mala manera; si la vivimos a la manera de Dios, es una buena manera.  El corazón sabio coincide con el c9orazón de Dios.  Entonces podremos decir: “!Chao, año viejo... Hola, año nuevo!”

Oración:              Señor, enséñanos a contar nuestros días, de tal modo que traigamos al corazón sabiduría y que nos acerque cada día más a Ti.  Amén.

Tomado del libro De un Corazón Pastoral por Rev. Carmelo B. Terranova.

 

 

El P e r d ó n por Jay E. Adams

Posted on Sunday, December 13, 2009 at 03:36AM by Registered CommenterRev. Milton Villanueva | CommentsPost a Comment

     ¡Qué palabra maravillosa! Pero, ¡qué significa! ¿Cómo perdonar y por qué? 

    Perdonar a otros es modelar a otros la manera en que Cristo nos ha perdonado a nosotros mismos: “… perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó en Cristo” (Efesios 4:32). El perdón debe ser otorgado a todos aquellos que dicen estar arrepentidos –inclusive si la ofensa ha sido repetida (Lucas 17:3). Pero, debe ser dado a aquellos que confiesan que han hecho algo mal, que dicen haberse arrepentido, y piden ser perdonados (Proverbios. 28:13). En Marcos 11:25, Jesús te dice que perdones a aquellos que te han hecho mal cuando estés orando, de esta forma se evita la amargura y el resentimiento (Efesios 4:32). Pero, esto es algo distinto a perdonar a los que han hecho mal sin que estos lo hayan pedido. Perdonar a otros debe reflejar el perdón divino; Él te perdonó cuando tú te arrepentiste.

     Algunos cristianos que no piensan, aconsejan perdonar a la otra persona no importa si esta se haya o no haya arrepentido. Esto es no comprender el perdón. La razón por la que lo aconsejan es para beneficio del que perdona. Sin embargo es por tú beneficio que Dios te perdonó. Su concepto centrado en sí mismo del perdón es antibíblico.  Dios no te perdonó hasta que te arrepentiste, admitiste que eres un pecador, y creíste.

     Debido a que al perdonar uno promete no volver a sacar en cara el pecado del ofensor, a él, a otros o a uno mismo,  no está bien perdonar antes de que haya arrepentimiento. Jesús te requiere que confrontes al ofensor (Mateo. 18:15ss) para que pueda haber una reconciliación. Si él se rehusa a escucharte, entonces dilo a uno o dos hermanos más. Si no los escucha a ellos, entonces tienes que decirlo a la iglesia. ¿Por qué? Porque con su ayuda se trata de ganar al ofensor.  En amor, el perdón verdadero no busca aliviar al perdonador, sino liberar al ofensor de su culpa abrumadora.  La parte ofendida persuade al ofensor hasta que el asunto sea resuelto delante de Dios y los hombres.

     Las personas que tratan de ser más buenas que Dios, terminan siendo crueles con los otros. La bondad no está enfocada en liberarse uno mismo perdonando a otros se hayan arrepentido o no, sino en procurar por todos los medios ganar al ofensor. Ignorarlo a él y enfocarnos en nosotros mismo, diciendo, “me siento mejor desde que perdoné a Bob, aunque él nunca buscó el perdón”, es el epítome de la moderna herejía psicológica centrada en uno mismo.

     Buscar el perdón no es disculparse. No hay nada en la Biblia acerca de disculparse –las palabras sustitutas del perdón no hacen el trabajo. Te disculpas, y dices “lo siento”, pero eso no es admitir tu pecado.  Todavía te has quedado con el balón en la mano. No le has pedido al ofendido que haga nada.  Pero, al confesar tu pecado diciendo, “Yo le pedí a Dios que me perdonará, y ahora te estoy pidiendo que me perdones”,  le estás pasando la bola al ofendido. Le estás pidiendo que entierre la cosa para bien.  Jesús le manda a la parte ofendida a decir  “ sí ”, y entonces a hacer la misma promesa que Dios hace: “No traeré más a mi memoria contra ti tus pecados e iniquidades”. Este es un caso cerrado. Disculparte no es lo mismo, ni logras lo mismo que al pedir perdón y ser perdonado.

     ¿Hay alguien a quien le debas pedir perdón?  Por otra parte, ¿hay alguien a quien nunca has confrontado respecto a una irreconciliada condición entre ustedes?  ¿Hay alguno de estos problemas pendientes? Entonces hay negocios que debes atender. ¿Por qué no resolverlos hoy mismo?

    Tú no tienes que sentir nada para perdonar. Perdonar es una promesa que tú haces y cumples, sea que lo sientas o no. Y es más fácil perdonar – aún a quien pequé contra ti siete veces al día – si recuerdas el gran sacrificio de Jesucristo por tus pecados por medio del cual Él te perdonó. Y, entonces, también, recuerda todas las veces que Él te ha perdonado al día desde que eres creyente. Hay otra cosa que puede ayudar. Si tú has perdonado de verdad, no es la quinta, ni la tercera; no es ni siquiera la segunda vez. Si tú has sepultado la cosa anterior, perdonar de verdad –es siempre la primera vez.

 

 

¿Estás sacando cuenta de en cuánto vas a vender la vaca? Por Mercedes Cordero

Posted on Sunday, November 8, 2009 at 09:10PM by Registered CommenterRev. Milton Villanueva | CommentsPost a Comment

Hace unos años atrás, mi esposo y yo fuimos a la iglesia de un pastor que él conoce. El pastor predicaba esa noche directamente a los miembros de su iglesia, diciendo: “Miren, hermanos, uno se prepara, se para aquí al frente a predicar, y se da cuenta que ustedes tienen la mente en otro lado. Fulanito viene a la iglesia, yo estoy predicando, y la mente se le va y se le va pensando en otras cosas, y cuando termina la predicación, ya sabe en cuánto va a vender la vaca”.

Piensa bien: ¿Cuántas veces has desarrollado el menú de la semana durante una predicación? ¿En cuántas ocasiones has redactado en tu mente un memo para la oficina durante el culto? ¿Cuándo fue la última vez que durante el servicio dominical pensaste en lo que debiste hacer el día anterior, lo que debiste contestarle a tu hijo o hija,  lo que debes decirle a tu jefe la próxima vez que te haga pasar un mal rato, las millas que le faltan a tu carro para cambiarle el aceite? ¿Cuántas veces has enviado un email o un mensaje de texto durante el culto o la clase de Escuela Dominical?

De todo eso, yo sé mucho sólo que cuando yo era adolescente no preparaba el menú de la semana, sino algún proyecto de escuela pendiente; no redactaba un memo pero sí un poemita que se me viniera a la mente; no pensaba en qué decirle a mis hijos o a mi jefe pero sí en lo que le debía decir a mis padres si no estaba de acuerdo con ellos en algo; no enviaba emails ni mensajes de texto pero sí papelitos escritos para bochinchar o relajar un rato en lo que era hora de irnos. Cuando terminaba el culto, la venta de la vaca se quedaba corta con todo lo que yo había hecho en mi mente.

Antes no podía verlo como lo veo ahora: es una cuestión de reverencia. Lo verdaderamente grave del asunto no es la falta de respeto al que dirige, al que está orando o hablando, o al que está predicando. Lo verdaderamente grave es que ofendemos a Dios. ¿Cómo te sentirías tú si le tratas de hablar a alguien que está todo el tiempo mirando hacia otro lado, buscando papelitos para escribir, hablando con otra persona? ¿Cómo se siente ser ignorado? ¿Cómo crees que se siente Dios, el Creador del universo, quien te creó a ti a Su imagen, quien envió a su único Hijo a morir por amor a ti, cuando quiere hablarte por medio de Su Palabra a través de la predicación y tú optas por hacerle caso a cualquier otra cosa? De toda la gente que conoces, ¿habrá alguien más importante que Dios? ¿Habrá alguien que merezca más atención que Dios? ¿Será posible que no podamos obviar por un par de horas todo lo demás para enfocarnos exclusivamente en el Señor?

A fin de cuentas, todos nos comportamos como adolescentes cuando se trata de la reverencia. Todos nos despistamos, nos entretenemos con facilidad, nos dormimos; pero nada nos justifica. Dios no sólo merece nuestra total atención, sino que la requiere, y nosotros en agradecimiento y amor a Él no deberíamos querer hacer otra cosa que enfocar nuestra atención en Él, callar ante Su presencia, estar quietos y conocer que Él es Dios. No deberíamos querer hacer otra cosa que, con un corazón agradecido, rendirle tributo reverente a Aquel que nos dio vida mediante Jesucristo cuando, muertos en nuestros delitos y pecados, no teníamos esperanza. Toda la gloria y nuestra atención debe ser para Él.

DEJEN DE SER MENTIROSOS, HABLANDO LA VERDAD Por Milton Villanueva

Posted on Sunday, September 13, 2009 at 06:56PM by Registered CommenterRev. Milton Villanueva | CommentsPost a Comment

“Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.” -Efesios 4:25

     Aquí el apóstol Pablo comienza a aplicar la dinámica del “quita y pon” a cosas específicas. En este caso se trata de la mentira.  La mentira es parte del ropaje de la vieja criatura.  Todo el que miente es un mentiroso. Por tanto, el cristiano no puede ser un mentiroso como los no cristianos. Aquello de que “Jorge Washington nunca dijo una mentira” es de por sí una gran mentira  -“antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” –Romanos 3:4

     “Desechando la mentira” Así que la primera pieza de la vestidura de la vieja criatura que hay que echar a la basura es la mentira. En el original griego la palabra que ser usa para la mentira es “to pseudos”, que en buen español quiere decir falso.  Como en el caso de un escritor que usa un seudónimo, es decir que está usando un nombre falso para encubrir el suyo propio. 

     La mentira es un encubrimiento de la verdad.  Podemos hacerlo, negando, añadiendo, restando, exageran, callándola, distorsionando.  Los motivos para mentir también pueden ser varios:  no auto incriminarse, proteger una apariencia falsa, lograr un objetivo, engañar, justificarse o justificar algo, quedar bien, etc..  Pero no importa cuáles sean los motivos, en el último análisis, el mentiroso no es otra cosa que un pobre diablo engañador asustado, que no soporta enfrentar en público la verdad con que se enfrenta a solas consigo mismo.  La psicología etiqueta esta conducta persistente como una patología que se la denomina "mitomanía", un trastorno psicológico-paranoide.  La Biblia le llama por su nombre “pecado”.  Y porque corresponde a la vestimenta del viejo hombre, todo aquel que ama y practica la mentira estará excluido de la Vida Eterna – Apocalipsis  22:14-15.

     Pero un mentiroso deja de serlo, no cuando deja de mentir, sino cuando solamente dice la verdad –“desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo”.  La verdad y solamente la verdad es parte de vestimenta que le corresponde al cristiano.  Y hay otra gran razón para no mentirnos:  “porque somos miembros los unos de los otros.”  Somos miembros de Cristo y miembros los unos de los otros. Como miembros de Cristo, cuando mentimos, cometemos un sacrilegio contra lo que Él es, contra lo que nos ha hecho 

y contra los demás miembros de la misma iglesia en la que Dios nos ha puesto.  Dice Martyn Lloyd-Jones, que el que le miente a un hermano, también se está mintiendo a sí mismo que es parte del mismo cuerpo.

     Estamos de acuerdo en que se llega a ser un mentiroso por la práctica habitual de mentir.  Eso no significa que cuando nacemos de nuevo, automáticamente desaparecerá ese viejo hábito pecaminoso. Pero sí que teneos que bregar seriamente con despojarnos de algo de nuestra naturaleza pecaminosa que ya Cristo crucificó y venció en la cruz.  Tenemos que morir a la mentira y vivir para la verdad que es Cristo.  El diablo es padre de mentira, y cuando habla de mentira de sí mismo habla (Juan 8:44).  Nosotros no somos hijos del diablo sino hijos de Dios.

     Así como mentir es un hábito que tomó tiempo y práctica, decir la verdad también nos tomará tiempo y práctica para convertirse en un nuevo hábito de la nueva criatura creada a la imagen de Cristo. Posiblemente algunos debieran comenzar el cambio confesando a Dios su pecado y los hombres sus mentiras.  Y la iglesia podría ayudarlos confrontándolos con ellas, y perdonándolos. 

¿Cuánto es el diez por ciento de una peseta? Por Mercedes Cordero

Posted on Sunday, August 30, 2009 at 11:42AM by Registered CommenterRev. Milton Villanueva | CommentsPost a Comment

Cuando era chiquita, los niños dábamos la ofrenda en el salón de clases de la Escuela Dominical. Mi padre se paraba a la entrada del anexo del templo con 75 centavos; así, según mis hermanas y yo le pasábamos por el lado para subir a nuestros salones, él nos repartía una peseta a cada una para que la diéramos de ofrenda. Hoy día, 25 centavos no suena a mucho, pero, en aquella época, con una peseta podíamos comprar todo un almuerzo en la cafetería de la escuela. Pero mis hermanas y yo teníamos muy claro que esos 25 centavos no eran para nuestro uso personal, ni para nuestros ahorros. Desde que mi padre los sacaba de su bolsillo, esos 25 centavos le pertenecían al Señor.

El tema de la ofrenda y el diezmo era muy común en nuestra casa: la importancia de ofrendar y lo imprescindible de dar el diezmo correctamente sin quedarnos con nada que no nos perteneciera. Y a esto le seguían ejemplos de familiares y conocidos que habían fallado en esto y habían tenido que enfrentar problemas o situaciones lamentables. Pero mis padres no nos contaban estas historias para infundirnos miedo, sino para enseñarnos que Dios es fiel a su Palabra al bendecir a aquellos que le obedecen y disciplinar a los que no cumplen lo que Él manda.

Por lo tanto, a nosotras nos enseñaron desde temprano a separar para el Señor una parte de lo que recibiéramos como ganancia. Responsablemente, mi padre se sentaba con nosotras a explicarnos cómo sacar el diezmo, y nos dejaba muy claro que eso era lo primero que se hacía. Nada de pagar alguna deuda antes de cumplir con el Señor. Primero, a Dios lo que es Dios; luego, a la American Express lo que es de la American Express. Y muy sabiamente nos instruía diciendo que, cuando cumplimos con lo que Dios nos manda, aunque parezca que el dinero no nos va a alcanzar, Dios se encarga de proveernos lo que necesitamos porque Él no deja al justo desamparado.

Con el paso del tiempo, y al tener que enfrentar situaciones difíciles, mi esposo y yo hemos comprobado que el Señor cumple sus promesas. Tan sólo nos basta con sacar cuentas a fin de año, o a la hora de llenar planillas, para darnos cuenta de que verdaderamente Dios nos ha suplido. Puede que mensualmente los gastos de la casa y el costo de vida nos abrumen, nos preocupen y quizás a algunos hasta les quite el sueño, pero de algo estoy segura: Dios es fiel y suple todo lo que nos falta.

Ofrendar y dar el diezmo no depende de la edad, de cuánto ganemos o de si nos sobra el dinero para hacerlo. No importa que tengas 16 años y apenas estás comenzando a trabajar, ni de que tengas 50 años y demasiadas responsabilidades económicas. Depende de si quieres obedecer a Dios o no, si quieres cumplir sus mandamientos o no, si puedes tener la confianza y seguridad de que el Señor, no importa tu situación, puede suplir y proveer para ti.

Todavía, al día de hoy, mi padre continúa “dándome la vuelta” de vez en cuando con esta pregunta: “¿Tú estás dando el diezmo?” Y, de momento, yo entro en pánico tratando de hacer memoria, de recordar cuándo fue la última vez que lo hice. Sin embargo, mis padres pueden estar tranquilos en esto: por la gracia de Dios, ésta fue una lección bien aprendida y puesta en práctica. De ellos aprendí (y así espero enseñarle a mi hijo) que debemos ser fieles al Señor, sea con una peseta o con grandes cantidades de dinero. El diez por ciento y la ofrenda le pertenecen a Dios; a fin de cuentas, todo lo que tenemos se lo debemos a Él.

 

Page | 1 | 2 | 3 | Next 5 Entries